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Thread: La actual situación de los trabajadores colombianos

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    Default La actual situación de los trabajadores colombianos

    >>El periódico internacional francés Le Monde Diplomatique publicó, en su edición N° 100, tres artículos especiales sobre la actual situación laboral y sindical de los colombianos.<<

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    Normas violadas. Vidas segadas. Soberanía arriada

    Por: Carlos Gutiérrez

    Mea culpa o falsa contrición. “El Gobierno de Colombia ratifica su compromiso de proteger los derechos laborales internacionalmente reconocidos, prevenir la violencia contra sindicalistas y castigar a los autores de estos actos violentos. En concordancia, el Gobierno de Colombia y el Gobierno de Estados Unidos acuerdan…”. “El Gobierno de Estados Unidos valora la creación de un Ministerio de Trabajo…”. Este acuerdo en cuestión tuvo su firma el pasado 6 de abril como “Plan de acción de Colombia y Estados Unidos para derechos laborales” (1).


    Un acuerdo en medio del afán y la condición ‘necesaria’ –cuando urge un “eje occidental” o “Pacífico” en el continente (México-Colombia-Perú-Chile)– para el trámite de aprobación en el Congreso de los Estados Unidos del Tratado de Libre Comercio (TLC) entre ambos países, que incluye muchos más compromisos de respeto a los derechos de quienes laboran en todo tipo de empresa, derechos –sin excepción– considerados en las leyes penal y laboral colombianas pero violados en el día a día nacional, y en las noches, incluida la vida de los dirigentes sindicales y activistas sociales.

    El Plan resume la pretensión de garantizar el derecho de asociación y negociación colectiva, dejando atrás la violencia y la muerte contra dirigentes y activistas sindicales, para lo cual el Código Penal tendrá reforma. Las cuestionadas Cooperativas de Trabajo Asociado (CTA) y las Empresas de Servicios Temporales (EST) tendrán supervisión, llegando al hecho puntual de acordar el nombramiento en cantidad precisa de funcionarios capacitados para supervisar el respeto de las garantías laborales, así como los indispensables funcionarios de Fiscalía dedicados a esclarecer los homicidios contra dirigentes sindicales.

    Estigmatizados. Criminalizados


    Por décadas, la dirigencia sindical sufre y ha denunciado el irrespeto de la normatividad nacional que los rige, no sólo en el aspecto laboral sino también en el penal. No es para menos, pues “…desde 1986 [y] hasta nuestros días 2.861 sindicalistas han sido asesinados,[y] se han cometido más de 11.000 hechos de violencia contra sindicalistas” (2). No sin razón, un dirigente de la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) sentencia: “En Colombia es más fácil organizar una guerrilla que un sindicato”. Así dibujó con toda crudeza la realidad política y sindical de nuestro país. Pero las denuncias de los sindicalistas no sólo cubren estos hechos extremos.

    Sin pausa, sus voceros llaman la atención sobre el mundo del trabajo colombiano, sumido en un desempleo de dos dígitos, 12 por ciento, con cerca de tres millones de connacionales arrojados a la calle –sin subsidio de desempleo–, además de la escandalosa cifra de 13 millones de trabajadores informales, “sin protección laboral y social” (3), rebuscándose –sobreviviendo– por cuenta y riesgo propios. En verdad, muchas de las personas clasificadas en esta categoría son desempleados cansados de buscar oficio.


    Como si fuera poco esta situación, quienes deciden organizarse para defender sus derechos en una empresa son señalados y perseguidos. Incluso, culpados de los malos resultados de la factoría donde laboran. Si se trata de una multinacional o una empresa de importancia nacional, corren el riesgo de ser criminalizados o señalados como objetivo de guerra
    . Así lo confirman las investigaciones que relacionan a las multinacionales del banano y los alimentos con el paramilitarismo. Pero el señalamiento, la descalificación y la violencia no son de ahora. En Colombia son de siempre con persistencia de la impunidad.

    Al mirar la historia, en nuestra mente vive como un fantasma que no descansa el relato de la masacre de las Bananeras, acaecida hace ya 83 años, pero también infinidad de otros asesinatos de trabajadores –ferroviarios, de la construcción– sucedidos entre 1930-1970, como respuesta violenta de un régimen ante quienes reclamaron sus derechos, entre ellos los trabajadores caídos en la masacre de Santa Bárbara, en Antioquia, el 23 de febrero de 1963, siendo ministro de Trabajo el ahora ex presidente Belisario Betancur.

    Después de perder lo alcanzado con la acción del Partido Socialista Revolucionario en los años 20 del siglo XX, y sometidos al control oficial a través de los partidos liberal y conservador, y sus obsecuentes organizaciones Confederación de Trabajadores de Colombia (CTC) y Unión de Trabajadores de Colombia (UTC), los trabajadores se asociaron en los años 30-50 pero sin autonomía, y con un contenido de culto al patrón y obediencia al Estado.

    En la campaña política e ideológica que siguió a la constitución de organizaciones obreras orientadas por el Partido Comunista, hacia los años 60 del siglo pasado (como la Confederación Sindical de Trabajadores de Colombia, CSTC), y de las disidencias de “sindicalismo independiente”, los sindicatos dieron pasos en explicar la incapacidad de un modelo de industrialización que nunca consultó los intereses y las necesidades de quienes hacen realidad la producción. Como respuesta patronal y estatal, además de la represión, se usó el recurso de hacer recaer sobre los hombros de los trabajadores la culpabilidad y el desprestigio por los balances de una u otra empresa.

    Aún hoy, cuando es más sencillo seguir la realidad, no sorprende escuchar como explicación facilista que “claro, la empresa se quebró porque tenía sindicato”. Sin desconocer que la temprana confusión ‘vanguardista’ entre intereses “partidistas” y “clasistas” puso a un sector del sindicalismo como víctima del inmediatismo; a dejar de lado la lucha y la movilización por las reivindicaciones básicas, y de contradicción entre el poder y los sindicatos, con aislamiento y merma de su prestigio dentro de los afiliados mismos. En medio de este sombrío panorama, la opción de sindicalizarse es ya todo un reto. Vencer los temores resultaría un éxito.

    La cifra del escaso 4 por ciento de trabajadores afiliados a los sindicatos refleja el poco espacio que deja el establecimiento para la forma organizativa que fue central en los postulados de justicia social en Europa y otras regiones del mundo, como recuerda Adam Przaworski, al señalar que las sociedades con menos desigualdad son aquellas donde hay sindicatos fuertes (4). Pero de esta afirmación a concretar una adecuada organización gremial hay mucho trecho.

    No es casual, por tanto, la dificultad para superar la debilidad organizativa del sector, en su mayoría constituido por sindicatos de gremio y de empresa, conocidos como de primer grado. (5). Diversos sectores sociales y políticos asumen elevar estas formas organizativas a su segundo grado (federaciones, confederaciones y centrales), con algún avance en los años 70 y 80 del siglo pasado, durante los cuales Fenansintrap, Fenaltrase, Fenasibancol, desempeñaron un rol importante en la resistencia de los trabajadores. Pero la aceptación y la aplicación del recetario neoliberal por parte de los patrones –privados o públicos– quebraron el papel de estas instancias de centralización de las organizaciones obreras.

    Estos hechos debieran obligar a preguntarnos en el país por qué, pese a las debilidades del sindicalismo, el sistema lo mira aún como un rival fuerte. Cabe pensar que para un Estado como el colombiano, construido sobre la lógica de la dispersión territorial y social, la existencia de organizaciones de base es un contraste o desafío que invita a los grupos dominantes a practicar el exterminio; es un indicio de que los gremios de trabajadores con autonomía alcanzan una importancia significativa.

    Años 90 y siguientes



    Con la aprobación de la Ley 50 de 1990, que flexibilizó el mundo del trabajo, propósito profundizado en 2001 con la Ley 789, quedaron como objetos de museo la estabilidad laboral, el contrato a término indefinido, las vacaciones remuneradas, etcétera, y fueron legalizadas las EST y las CTA. En el Estado se hizo común el contrato a término fijo, las vinculaciones de escasos tres meses, lo que obliga al empleado a la sumisión generada por el temor de no ser reenganchado en el siguiente trimestre, pero, además, a regalarse cada tantas semanas de trabajo, pues, pese a no tener contrato laboral, sigue recibiendo órdenes y misiones. El trámite de la firma del próximo contrato obliga a cumplir con el jefe de turno. La posibilidad de sindicalizarse ni siquiera pasa por su cabeza.

    Sin duda. El Estado multiplicó las violaciones permanentes de los derechos laborales, y los agentes privados no se quedaron atrás. Aprovechando la debilidad de los trabajadores y la laxitud habilitada por el Estado, agente que se suponía neutro, licenciaron a miles de sus empleados, pasándolos a formas temporales de contratación, u obligándolos a vincularse a una EST o una CTA. Así, quebraron salarios, burlaron jubilaciones y reventaron sindicatos.

    Contra esta realidad no valieron los esfuerzos de los sindicalistas. Así lo atestigua el ejemplo de la Unión de Empleados Bancarios (Uneb), que a mediados de los años 90 del siglo XX presentó un pliego petitorio de todo el sector a la Asobancaria (supuesto representante de los dueños de bancos), con una total burla como respuesta: el supuesto gremio no admitió negociar como un todo con su sector. Entonces, se tuvo que presentar un pliego reivindicatorio banco por banco, sin avanzar en la homogeneización de las condiciones contractuales en el sector financiero.

    También resalta cómo de un momento a otro Fenasintrap y Fenaltrase, federaciones con liderazgo en importantes jornadas de lucha de los trabajadores eléctricos y de empresas públicas, enfrentaron a los nuevos patrones de las empresas otrora estatales, ahora privatizadas, con la imposibilidad de discutir un solo pliego de peticiones, bajo la reticencia del sector a negociar de manera justa las reivindicaciones obreras.

    Con gabelas y ventajas extendidas por el Estado a los patrones, hubo extremos de liquidación sindical a comienzos del nuevo siglo, con empresas como Coltejer y Bavaria, para cuya venta los factibles nuevos dueños las exigían “cero kilómetros”, es decir, sin trabajadores sindicalizados. Y el Estado guardó silencio.

    Con semejantes ventajas para la patronal, con un salario en picada y bajo constante amenaza, los trabajadores agremiados resisten pero no transforman su forma organizativa. No aciertan en un modelo organizativo que gane la simpatía de los innumerables trabajadores por cuenta propia, que viven –muchos de ellos– en su propio territorio de residencia. Sin levantar un modelo que conjugue trabajo, vivienda y reproducción social, pero que al mismo tiempo vincule trabajadores formales e informales.

    Al encarar este reto, no debemos olvidar que el globo entró en una fase de la acumulación de capital en la cual la competencia internacional tiende en forma acelerada a nivelar los salarios por lo bajo. Esto ya es una práctica en los propios países del centro rico que por primera vez, en décadas, amenazan con salvajes borrones en el conjunto de sus conquistas sociales. Las luchas tienen hoy la novedad de requerir ser transversales en el interior de una sociedad e internacionalizadas en la mayor medida posible. ¿Contar con sindicatos transnacionales? Es ésta una pregunta que el sindicalismo siempre ha querido dejar de lado.

    ¿Cómo deben ser las relaciones internacionales entre trabajadores, más allá de los consabidos intercambios sociales? Si el capital se internacionaliza, reforzándose con los tratados de libre comercio, ¿deben las respuestas de los trabajadores mantener marcos locales y nacionales? Sin duda, el cambio y la renovación son uno de los mayores retos que debe abordar el sindicalismo en Colombia si quiere romper las dinámicas históricas en que se encuentra (6).

    En particular, y a pesar de los resultados, el Magisterio trató de pasar de la reivindicación gremial a la expresión política. En algo pesó la participación electoral (para el Congreso), sin la suficiente diferencia en las posiciones por interés del candidato y las del gremio. Superpuestos al gremio, los docentes-candidatos transforman su representación. Así sucede con otros sectores del sindicalismo, lo cual desmotiva la participación de sus bases y supeditan las reivindicaciones al lobby con políticos y funcionarios.

    Como expresa el artículo “Sindicalismo por dentro”, p. 4, los vicios y las deformaciones de los dirigentes sindicales son muchos más. Tienen consecuencias. Ayudan a desfigurar y debilitar el sector. Pero afectan más su fragilidad, la reticencia pública y privada para que haya sindicatos, recurso legítimo, irremplazable, para construir democracia y estimular en todos los niveles la participación social y la redistribución de las ganancias (7). En favor del país, el sindicalismo debe superar la exclusiva etapa de la acción de protesta y adentrarse en la de construcción de espacios reales de poder que lo vinculen con todos los sectores populares.

    La soberanía


    Sin vergüenza, no bastaron el reclamo popular ni la cantidad de dirigentes sacrificados. Entonces, sorpresa e indignación causan que el gobierno nacional, con afán de firmar a nombre del empresariado el acariciado TLC con los Estados Unidos, se someta a supervisión de la potencia del norte, para ahora sí –supuestamente– cumplir con los códigos penal y laboral, además de la Constitución Nacional misma.

    Indignación, toda vez que los sindicalistas han denunciado y reclamado ante las instancias pertinentes del orden nacional e internacional (OIT) la realidad, encontrando oídos sordos como única respuesta. Pero, como lo recuerdan los cables de wikileaks, la dirigencia criolla padece de total sumisión ante el gobierno estadounidense. Y aquí, con “Plan de acción de Colombia y Estados Unidos para derechos laborales”, refrendan su catadura sin patria.

    Llama la atención el plan oficial por ganar el silencio o el sometimiento de los sindicalistas, propósito parcialmente obtenido cuando la Central General de Trabajadores (CGT), en su reciente congreso, y dada su ambición por hacerse a la conducción del proyectado Ministerio del Trabajo, no ahorra alabanzas sobre la política salarial y laboral del actual gobierno.


    ¿Sin romper el modelo impuesto por las reformas del 90 y 2001, cómo hará el Gobierno para que prevalezca el derecho de asociación y de negociación colectiva? ¿Están dispuestos los patronos a respetar –esta vez sí– los derechos de los trabajadores? ¿Tiene espacio tal modelo laboral en medio de un TLC que obliga a quebrar más derechos y reducir más salarios para poder ser ‘competitivos’? ¿En las grandes plantaciones, casi siempre bajo mando paramilitar, tendrá aceptación el respeto a los derechos constitucionales y laborales?

    Las posibles respuestas dejan muchas dudas e indican que el modelo empresarios-Estado-sindicatos seguirá el camino hasta ahora recorrido: Normas violadas. Vidas segadas. Soberanía arriada. En las manos de los sindicalistas, renovando su acción cotidiana, dando cuenta del nuevo mundo del trabajo, hay una oportunidad para que Colombia no sea así.


    1 Traducción no oficial del acuerdo firmado el 6 de abril de 2011, p. 1.
    2 Declaración de la CUT y la CTC sobre el plan de acción para la aprobación del TLC acordado entre los presidentes Obama y Santos.
    3 id.
    4 Adam Przeworski, politólogo polaco-norteamericano. “Los países con sindicatos fuertes tienen menos desigualdad”. Página 12, lunes 28 de marzo de 2011. Página/12.
    5 Ver “Colombia: exclusión política…”, p. 4.
    6 Para el caso, el sector eléctrico –asociado en Sintraelecol– enfrenta el reto de recoger en sus pliegos reivindicatorios no sólo a los trabajadores de las empresas del sector sino asimismo a todos los ‘eléctricos’ informales que pululan por todo el país, y a la par los ingenieros eléctricos desempleados. Reivindicar para los primeros formación académica, abrirles espacio de asociación, reivindicar tarifas mínimas en su labor, pero al mismo tiempo el sindicato debe proponerse la constitución de una universidad o centro de estudios superiores donde se forme el gremio. Para los segundos, el sindicato abre un espacio de identidad y solidaridad.
    7 En Argentina, según datos de 2009, la negociación colectiva cubre al 80 por ciento de los trabajadores registrados, el 50 por ciento de los asalariados. En México, el porcentaje entre los asalariados llega al 17 por ciento, y en Chile a un magro 5,6. Sólo Brasil registra un nivel de cobertura comparable de los acuerdos colectivos. Con una salvedad: en Brasil, Chile y México, casi la totalidad de los trabajadores convencionados está bajo acuerdos de ámbito local, municipal o de empresa, mientras en Argentina la gran mayoría está cubierta por convenios de actividad, que tienden a atenuar la dispersión salarial e incrementar los básicos generales, es decir, los ingresos de los trabajadores menos pudientes”. “Resurgimiento, con ventajas y vicios, del modelo gremial argentino”, Sebastián Etchemendy, Le Monde diplomatique edición Cono Sur, número 142, abril de 2011, p. 4.
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    Colombia: exclusión política y social de los trabajadores y los sindicatos


    Por: Héctor Vásquez F.

    La situación actual del sindicalismo y los derechos de los trabajadores es de exclusión y retroceso, a pesar de que ha jugado un papel en la consolidación de una estructura básica de derechos para la población trabajadora. Desde su surgimiento en la primera década del siglo XX, siempre se propuso la conquista de unos mínimos derechos que garantizaran un trabajo en condiciones dignas y decentes. Este propósito civilizador de las relaciones de trabajo, expreso en los derechos fundamentales que la modernidad instauró desde finales del siglo XVIII, choca siempre con la resistencia de los patronos apoyados por el Estado, que los niegan junto con el derecho mismo a crear sindicatos.

    Antes que avanzar en sindicatos fuertes, representativos e incidentes, hemos llegado a la tasa de afiliación sindical más precaria de los últimos 50 años. Y antes que avanzar en condiciones de trabajo decente, casi las dos terceras partes de la población trabajadora colombiana están excluidas de los principales derechos que la Organización Internacional del Trabajo (OIT) incluye bajo este concepto.

    Se luchaba por condiciones higiénicas de trabajo, por el derecho a un salario mínimo que permitiera condiciones de vida digna; por el reconocimiento a un descanso remunerado, por la disminución de las horas de trabajo y el establecimiento de una jornada laboral de ocho horas; la lucha asimismo por el respeto a la dignidad de las mujeres trabajadoras, por el reconocimiento a un salario igual al de los hombres y contra el acoso sexual. Como lo señalara García Márquez en su novela Cien años de soledad, a propósito de la huelga de las bananeras de 1928, “la inconformidad de los trabajadores se fundaba esta vez en la insalubridad de las viviendas, el engaño de los servicios médicos y la iniquidad de las condiciones de trabajo. Afirmaban, además, que no se les pagaba con dinero efectivo sino con vales que sólo servían para comprar jamón de Virginia en los comisariatos de la compañía”.

    Estas fueron algunas de las primeras reivindicaciones que los sindicatos incluían en sus luchas y que animaron importantes movimientos huelguísticos en ciudades como Bogotá, Cali y Medellín, o a todo lo largo de la vía fluvial del río Magdalena o en los puertos de Barranquilla, Cartagena y Buenaventura; o en los enclaves extranjeros que explotaban el petróleo o el banano, como en Barrancabermeja o Ciénaga, donde la justa lucha de los trabajadores suscitó una violenta reacción del gobierno que puso la tropa al servicio de los intereses de los empresarios extranjeros y el entonces poder de la United Fruit Company y contra la población trabajadora. En estas regiones se habían creado importantes organizaciones sindicales que contaban con respaldo de la población, que incluso participaba directamente en sus luchas.

    Más adelante vino el reconocimiento de los sindicatos y las primeras leyes, que, articuladas posteriormente, vinieron a constituir el Código Sustantivo del Trabajo, que reconoció en forma tardía unos derechos individuales y colectivos para los trabajadores, código con ampliaciones fruto de las luchas sindicales en Colombia y en el mundo, y con el reconocimiento de la OIT.

    Contexto de cultura y prácticas antisindicales


    Entonces, no ha sido fácil en Colombia el reconocimiento de los derechos de los trabajadores y de los sindicatos, los que siempre han tenido que desenvolverse en un ambiente hostil por parte de patronos, de los medios de comunicación que estos controlan y del propio Estado, que, aunque tiene la obligación constitucional de promover y defender el derecho de asociación, en la mayoría de veces favorece una política de exclusión sistemática de los sindicatos, como la que hoy está vigente, y que tiene al sindicalismo y los derechos de los trabajadores en situación de exclusión y retroceso.

    La negativa y la exclusión de los principales derechos que la OIT ha considerado resultan de una sistemática exclusión política, cultural, social, económica, legal e institucional:
    Exclusión política y cultural. Durante los 100 años de existencia del sindicalismo colombiano, no ha sido posible que la sociedad y el Estado lo incluyan de manera permanente y estable como parte del sistema político democrático. Las relaciones laborales tienen este trasfondo que identifica el sindicalismo como enemigo del Estado y de las empresas, y genera y alimenta una muy arraigada cultura antisindical en el país. Ejemplos de este tipo de prácticas se dieron en el gobierno de Uribe, quien atacó la legitimidad de las organizaciones sindicales, les dio tratamiento de orden público a los conflictos laborales, y actuó de manera ilegal contra el sindicalismo, con interceptaciones ilegales de las comunicaciones por parte del DAS.

    Exclusión social y económica. Se mide por el alto y estructural desempleo, más de 11 por ciento, con cerca de 2.800.000 personas sin subsidio al desempleo; por la informalidad del 58 por ciento, por la gran cantidad de trabajadores pobres (cerca del 80 por ciento devenga menos de dos salarios mínimos legales mensuales, 470 dólares), por la baja cobertura de la seguridad social (de unos 12 millones de trabajadores, las dos terceras partes no cuentan con protección social, y más de 1.600.000 niños trabajan. En el caso de las mujeres y los jóvenes, estos indicadores son más graves.

    Exclusión legal e institucional. El Código Laboral no tiene una reforma adecuada al mandato del artículo 53 de la Constitución de 1991 y los Convenios Internacionales del Trabajo. Este gobierno y los anteriores se han opuesto a discutir y adoptar un Estatuto del Trabajo; por tanto, la legislación laboral es caduca y contraria a los derechos laborales fundamentales, aparte de que cubre a un porcentaje muy bajo de los trabajadores, menos del 30 por ciento. El gobierno anterior suprimió el Ministerio del Trabajo, debilitando aún más la posibilidad de que el Estado garantice los derechos laborales y de libertad sindical.

    Exclusión a través de la violencia y la impunidad. La violencia contra los trabajadores sindicalizados es constante. En los últimos 24 años (1986-2010) han sido asesinados 2.837 sindicalistas, más de 564 durante el gobierno de Uribe. El Estado se niega a reconocer la dimensión y el carácter antisindical de esta violencia, que limita y debilita el desarrollo del movimiento sindical y mantiene un clima propicio para inaplicar las libertades sindicales. Sin embargo, no todos las dificultades del sindicalismo corresponden a factores externos.

    Gestión de los sindicatos y sus problemas


    Como toda moneda, la otra cara de los problemas del sindicalismo se debe a factores internos, que dependen de la dirigencia y la base sindical, para modificarlos radicalmente y marcar un protagonismo en la sociedad y en el diseño de las políticas públicas.
    Primer factor. Perjudica es la misma y cerrada estructura sindical, sin sentido de actuación social, que impide un manejo eficiente de los recursos propios, y una articulación y una coordinación efectiva para la mayor convocatoria y la opinión de la actuación sindical. La estructura actual se caracteriza por la atomización y la dispersión basadas en la preeminencia de sindicatos de empresa y de gremio, y en la división sindical en más de 2.800 sindicatos, y cinco centrales y confederaciones.

    La mayoría de estos sindicatos son pequeños, con menos de 150 afiliados (si excluimos a 129 sindicatos de mil afiliados o más), con escasa o ninguna capacidad para desarrollar liderazgos sindicales que incidan positivamente en su medio. En la práctica, sólo se ocupan de los intereses de sus afiliados, sin una proyección social y política que trascienda y gane la simpatía y el apoyo de otros sectores sociales.

    Esta división no sólo tiene el estímulo del empresariado, que en últimas se beneficia, sino también de corrientes políticas, ideológicas y burocráticas con presencia en el sindicalismo, que comprometen la autonomía sindical con reemplazo de la agenda laboral y sindical por sus propias agendas políticas o personales.

    Segundo factor. La manera como se gestionan los sindicatos. La actividad sindical se caracteriza en su mayor parte por el espontaneísmo y la ausencia de procesos racionales y sistemáticos de planeación en la gestión. El trabajo “al día” de los sindicatos los limita a una actividad reactiva, ocupada de resolver los problemas cotidianos que surgen de las relaciones de trabajo, sin que resulte de una reflexión colectiva acerca de las características de la organización y los problemas o ventajas que surgen en su entorno. La precariedad de este trabajo tiene reflejo en que muy pocos sindicatos tienen políticas y planes en áreas claves para la construcción de liderazgos y el desarrollo sindical, como las comunicaciones, la educación y la capacitación sindical, el manejo de los recursos, la negociación colectiva, etcétera.

    Tercer factor. Muy pocos sindicatos tienen políticas específicas para promover la afiliación de los jóvenes y las mujeres, lo cual trae como consecuencia que el sindicalismo esté constituido en su mayoría por hombres adultos, que los lenguajes y las prácticas sindicales les resulten extrañas a los jóvenes trabajadores, y que las mujeres tampoco encuentren condiciones favorables para afiliarse a los sindicatos y participar activamente en ellos.

    Cuarto factor. La desarticulación de los sindicatos con las estructuras sindicales mundiales, como las federaciones internacionales, que tienen una estructura de rama o sector, y son una herramienta fundamental para incidir en la globalización y las políticas de las empresas transnacionales. Incluso, cuando el sindicato organiza a los trabajadores de una empresa transnacional, son muy esporádicos los esfuerzos por construir una articulación con las organizaciones sindicales de la empresa en otros países, y promover negociaciones colectivas que reivindiquen derechos en la escala internacional.
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    El sindicalismo por dentro

    Por: Emigdio Triana

    Ante la crisis de los trabajadores y sus organizaciones, es necesario conocer cómo es y cómo funciona su cotidianidad en la elaboración de sus conclusiones y propuesta de tareas. Como un paso en esta dirección, más que recuerdos tiene un dirigente nacional bancario, después de dedicar 15 años en “permiso sindical permanente”, que lo hizo “exento del laburo diario”. Al volver a la oficina y, dados el papel y la responsabilidad que tuvo, analiza y escribe en primera persona. No es impropio. Además de rigor, el tema exige realismo.


    …Debatíamos acerca de la crisis del capitalismo, de los trabajadores, de sus organizaciones. En su turno, un compañero hablaba de la crisis sistémica del capitalismo, y su ofensiva contra los derechos sociales y colectivos. Otro, del “genocidio social” y la pérdida del reconocimiento político, social y económico de la clase que vive del trabajo. Otro más acotaba sobre la nueva configuración de las formas de dominación contra el mundo del trabajo: contrarreformas laborales y apertura del mercado del trabajo.

    También se hablaba de las causas estructurales internas: cooptación institucional, penetración de la racionalidad capitalista administrativa y económica dentro del sindicalismo; gremialismo y pérdida de vocación y lucha política. Otro terció sobre las causas externas, la ofensiva contra los trabajadores; el terrorismo de Estado, que oscila entre la zanahoria (cooptación) y el garrote (represión); de la lucha ideológica, de una tarea pendiente en cuanto a la formación política del sindicalismo, así como, de la reivindicación del proyecto histórico de los trabajadores, del mito del fin de la historia, de la sociedad posindustrial, de la lucha de clases y de la acción organizada de los trabajadores.

    Por su parte, una compañera insistía en el problema de género y los distintos feminismos, en fin… De repente un compañero golpeó en la mesa y dijo: “¡Moción de orden, compañeros!”. Todos quedamos en silencio. “Qué pena con ustedes, pero permítanme contribuir al debate desde mi propia experiencia, sin mucho tecnicismo pero con la emoción viva de quien lo ha vivido en carne propia”. No es fácil hacer este recuento un tanto doloroso. Vamos a ver cuál es el ‘fin de la historia’.

    El regreso a las funciones de mi puesto de trabajo exigió volver a aprenderlas y tuve que recibir trabajo de inducción. Volví a ser “oficinista III de cartera” en el banco para el cual trabajo desde abril de 1983. Ah, ¿qué hice en estos años?, me preguntan. Pues, bien. Fui elegido miembro de la junta directiva de la Unión Nacional de Empleados Bancarios (Uneb). Sí, soy sindicalista. Durante casi 20 años estuve dedicado a tratar de evitar, junto a mis compañeros de trabajo, que los dueños de las empresas para las que trabajamos, aliadas con los gobiernos de turno, desmontaran los derechos y garantías que, tras una historia de lucha, conquistaron varias generaciones de trabajadores.

    Una historia que por cierto todo habitante de este territorio tiene la obligación de conocer, pero que tristemente la mayoría desconoce. ¿Por qué? “No me queda tiempo sino para ver mis partidos de fútbol”, responden muchos. “Llego todos los días cansada, y fuera de eso tengo que hacer los oficios domésticos. No puedo perderme la telenovela de las 8”, es otra excusa. “Voy a la universidad, pero allí no nos enseñan la historia nuestra”.

    Estas son algunas de las respuestas de quienes trabajan en algún empleo o actividad por cuenta propia. Sin embargo, la respuesta de quienes no tienen un contrato de trabajo y tampoco por su cuenta es que “estamos ocupados en el rebusque”; al fin de cuentas, hay que comer de alguna forma, es decir, mal. Hablamos de Colombia, del que nos han enseñado que es nuestro país, pero donde no podemos vivir dignamente sin que podamos entender por qué, si es nuestro país. ¡Formación política, compañeros!

    Es Colombia, donde los sucesivos gobiernos impulsaron todo tipo de reformas y contrarreformas a favor de los empresarios y contra los trabajadores contratados y no contratados. Es decir, contra la mayoría de quienes habitamos en este territorio. Aquí, donde al mismo tiempo asesinan por diversas razones a personas humildes, trabajadoras, luchadoras, sin que haya responsables que paguen por los crímenes (1). Con más de 4.200 sindicalistas asesinados desde que se creó la CUT en 1986, según Domingo Tovar, miembro de esa central obrera, apenas cerca de 2.700 han sido reconocidos y documentados judicialmente por el Estado colombiano; los demás sólo hacen parte de la estadística en los registros de los sindicatos, explica. Ese es el país donde estuve 15 años en permiso sindical, aprendiendo a ser sindicalista.

    Unos y otros


    ¿En este país, qué ha pasado con los sindicatos y el movimiento sindical?, ¿qué ha pasado entre los ‘dirigentes’ sindicales y los trabajadores afiliados a los sindicatos? Debo decirlo. Presencié la conducta de muchos que se hicieron elegir para representar a los trabajadores de algunas empresas en la defensa de sus derechos, ocupados en cualquier cosa menos en las tareas de su organización sindical; dedicados a sus asuntos personales, a protagonistas no del malo sino del pésimo ejemplo, sin asumir el trabajo colectivo ni el compromiso con alguna opción de unidad para el trabajo por una sociedad mejor. Frente a estos hechos, no hubo debate ni “lucha ideológica”. Una mención necesaria de tomar en cuenta cuando hoy me desempeño contabilizando préstamos y cobrando al mismo tiempo, y he vuelto a sentirme compañero de mis compañeros, a hablar con ellos, a sentir su respaldo. ¿Pero cómo –preguntarán ustedes–, ¿acaso no era yo su representante? Pues, sí, por eso, estamos reflexionando colectivamente.

    Sin duda, hoy existe una gran distancia entre la mayoría de los trabajadores y nuestros sindicatos, y no hay confianza en sus dirigentes. Muchos permanecen inmóviles, atónitos, mientras los dueños del capital mundial y nacional cambian para peor la realidad de los trabajadores: modifican o promueven leyes como la 50 de 1990, la 100 de 1993, con todos sus posteriores ajustes; la creación de empresas intermediarias para contratar trabajadores, de las cooperativas de trabajo asociado, entre muchas otras reformas, que dejan sin estabilidad alguna, y alejan de un reconocimiento político y de justa asistencia social a la clase que sólo vive del trabajo.

    Ayer, en los años 60, 70, 80, mientras existió un muro de contención contra la explotación, es decir, las luchas de los trabajadores en todo el mundo, el capitalismo tuvo que ‘conceder’ algunas garantías importantes a los trabajadores, pero desde cuando comenzó a caer ese muro, junto al de Berlín y todo el campo socialista –con honrosas excepciones– en 1989, la arremetida de los dueños de las empresas contra esos derechos ha sido brutal en todos los rincones del planeta. En Colombia, ese desmonte empezó con la apertura económica de 1990, y en el mundo entero comenzó a implantarse el modelo neoliberal, frente al cual no hay la respuesta del tamaño necesario, mientras sí los dueños de las empresas, en nuestro caso los bancos, les arrancan garantías laborales a sus empleados.

    El capitalismo trata de mantener una tasa de ganancia que desde finales de los años 60 viene en caída libre. Por eso, los capitalistas cambiaron nuestros contratos de trabajo, nuestras costumbres, nuestra cultura; descentralizaron los centros de trabajo porque muchos trabajadores juntos terminan organizando sindicatos y, peor: ¡se ponen a estudiar la realidad nacional y mundial! A muchos los convencieron con el argumento religioso.

    Cambiaron nuestros gustos y horarios. Mujeres, jóvenes, niños, tuvieron que ir a trabajar para completar el ingreso del hogar, dando lugar a la familia trabajadora y sus cansancios en los sectores humildes, con límites en la socialización, la cultura y el esparcimiento.
    Mientras tanto –ante unas bases de trabajadores cada día más incrédulos, con menos esperanza, salvo la promesa del jefe de que, si es un buen trabajador (léase sumiso), está en el camino a la felicidad y por tanto no hay que protestar–, los dirigentes y las organizaciones sindicales decimos poco. Sin cuidado de la comunicación y su modernización que arrastra opinión. No comunicamos con datos sobre la realidad. Repetimos conceptos sin investigar y descubrir los nuevos modos de la explotación. Más grave aún, creemos saber más que los demás, pregoneros de un discurso y práctica que no cambiaron mientras el mundo sí.

    Un hecho de quienes fuimos dirigentes sindicales y de la mayoría de quienes aún siguen en sus cargos es que perdimos la comunicación con nuestros compañeros de trabajo. Por eso, a pesar del tiempo y las experiencias, no tenemos una propuesta organizativa ni política en el marco sindical que enfrente las medidas y los mensajes del poder. Todo esto me impregnó, y ahora regresé a mi puesto de trabajo.

    Tercerizados y sindicalismo con raíz o sin raíz


    Ahora volví a ser parte viviente de la realidad laboral común que hace 17, casi 18 años, me empujó a nacer en el sindicalismo. Las cifras son contundentes: de unos 20 millones de personas que trabajan en Colombia, apenas 800 mil están afiliadas a sindicatos, el 50 por ciento son trabajadores del Estado, y podríamos llenar estas líneas de indicadores sociales y económicos que corroboran la adversa situación de los trabajadores y sus organizaciones.
    Al volver a la jornada, tuve que ganarme la confianza de mis compañeros: para algunos soy un extraño que llegó a perturbar el orden; para otros, el compañero del sindicato a quien miran con cierto escepticismo, eventualmente un apoyo o un amigo. Algunos compañeros son de la vieja guardia, conmigo “unos viejos” para los directivos del banco, también para los compañeros nuevos aun no contratados directamente sino mediante intermediarios: tercerizados y precarizados, que son expresión de las nuevas formas de dominación del capital contra el trabajo. Muchos, persuadidos de que el sindicato “no es una buena idea”, pero, eso sí, beneficiarios de los auxilios y beneficios convencionales obtenidos con la lucha de los trabajadores organizados en el sindicato. Antes, esta fue una empresa del Estado; ahora, con el modelo neoliberal a fondo en “nuestro país”, es de capital privado.

    Traduzcamos: “nos privaron a los colombianos de ser dueños de este banco”, que tenía más de 7.000 trabajadores directos contratados y ahora sólo ocupa a algo más de 3.500, de los cuales más de 1.000 temporales, contratados con empresas intermediarias (tercerizados). En el caso de los vigilantes y los trabajadores de aseo y cafetería, que antes tenían contrato directo, ahora también son de otra empresa intermediaria (es un rumor que pertenece a algunos directivos del propio banco). Con ellos y ellas, que se ocupan a diario de nuestro bienestar en cada sitio de trabajo, los demás hacemos colectas en las primas para ayudarles a completar las suyas, aunque, más allá de eso, es un pequeño acto de solidaridad con quienes han perdido más que nosotros a causa de los cambios administrativos del dueño de la empresa (2).

    Cooptación, reformas y contrarreformas laborales



    Una detrás de otra. Como ya anotamos, Ley 50 de 1990, Ley 100 de 1993, las cuales están en concordancia con el modelo neoliberal junto a otras reformas como la Ley 45 de 1990 (o reforma financiera), Ley 7 y 9 de enero de 1991, como nuevo estatuto cambiario que derrumbó el precario proteccionismo económico, brindando mejores condiciones al capital exterior. Se transformaron las funciones de la banca central, entre muchas otras medidas. Todo lo anterior, sin respuesta efectiva ni de solidaridad con quienes protestan, los pronunciamientos tienen la inercia de un discurso contestatario, sin acciones, que no rescata la confianza de los trabajadores y la sociedad en general. “Saludos a la bandera”, “ladridos a la luna”, que expresan vacíos. La crisis ideológica, política y organizativa nos afecta a los trabajadores, situación que, mientras subsista, nos tendrá neutralizados, ganados por el Estado, por los negocios, la moda, las novelas y todo lo que agite la idea de que la felicidad está en el individualismo, en el “sálvese quien pueda”.

    Ese “sálvese quien pueda” constituye además la base de la cooptación institucional como borrón de los intereses propios y que exige canalizar todos los recursos y esfuerzos físicos e intelectuales de organizaciones y personas para fortalecer las escuelas de formación con síntesis de experiencias. No con la formación tradicional en nuestras organizaciones, fiel copia de la escuela del sistema imperante, con unos iluminados y otros por iluminar. Está pendiente de formarse para formar y formarnos juntos, hombro a hombro con las bases y con quienes se destaquen en las diversas tareas de la movilización y el sindicalismo para alcanzar la estructura de la organización que necesitamos.

    Por eso, desde el Instituto Nacional Sindical decimos: hay que recuperar nuestro referente ideológico, el de una sociedad nueva, distinta o, mejor, opuesta a la sociedad capitalista. Hacia una sociedad en transición con valores socialistas, con base en una tarea pendiente, ganada históricamente en el símbolo de las 8 horas de trabajo con 8 de formación e identidad política y sentido de pertenencia social, y 8 para el justo y necesario descanso.

    1 Es el garrote. Donde cada gobierno pide permiso a los Estados Unidos antes de hacer cualquier reforma para cuidar sus intereses, y si alguien se opone, lo señalan de “comunista” para justificar que lo juzguen y luego seres con característica de extraterrestres (están por encima de las leyes terrenales) lo desaparezcan sin que la sociedad pregunte. ¿Esto cómo se llama? ¿Terrorismo de Estado?
    2 En algunos casos, la tercerización se realiza con empresas que, a la postre e investigando con cautela, pertenecen al mismo dueño de la compañía.
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