MUY BUENA L AIDEA DEL LA NACION DE ESCOGER LAS 7 MARAVILLAS NATURALES DEL PAIS, AUNQUE A MI GUSTO HICIERON FALTAN MUCHAS OTRAS ES INDUDABLE Q ESTAS 7 SON LAS MAS REPRESENTATIVAS.
HAY Q DARLE GRACIAS A DIOS POR TODO ESTO Q NOS HA REGALADO EN UN TERRITORIO TAN PEQUEÑITO, PERO TAN GRANDE EN BIODIVERSIDAD Y EN SU PUEBLO.
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Isla del Coco
Soberana del mar
Marcela Vargas Ch.
proa@nacion.com
Aún recuerdo la primera vez que la vi, tras 40 horas en altamar y dos días sin comer. No había ni una sola nube en el cielo. Y ahí estaba ella, como un espejismo en medio de un desierto azul.
Atrás quedó el mareo. Fue amor a primera vista. Pero no he sido la única, ya que desde tiempos inmemoriales, los seres humanos nos hemos obsesionado con la Isla del Coco.
Por eso no me sorprendió que, a pesar de no haberla pisado jamás, la mayoría de los ticos la consideren una de las siete maravillas de Costa Rica.
Yo tuve el honor de estar ahí en tres ocasiones, como miembro de MarViva, una organización que colabora con su protección. Por mi trabajo y mi pasión, he estado en muchos otros parques nacionales, dentro y fuera del país. Pero no hay nada como la Isla del Coco.
Es una impresión que parece compartir todo aquel que ha estado allí... desde intrépidos piratas, balleneros y aventureros, hasta, más recientemente, cazatesoros, científicos, ecologistas y turistas.
No en vano, el célebre oceanógrafo Jacques Cousteau la llamó “la isla más bella del mundo”.
Sin embargo, llegar hasta ella es toda una odisea, pues se encuentra a 500 kilómetros de Cabo Blanco y, en promedio, se tardan dos días de navegación.
Este viaje no es para débiles de estómago (como yo), pues la Isla del Coco ha estado resguardada por el furioso poder del mar. En mi último periplo, nuestro barco fue azotado por una iracunda tormenta, con olas monumentales que ya se habrían deseado los estudios de Hollywood para su Tormenta Perfecta.
Pero una vez que Neptuno hizo las paces con los intrusos y decidió que éramos dignos de conocer su mágico tesoro, el cielo gris se abrió, dejando pasar un destello de luz, y los 360 grados de mar se iluminaron para llenar nuestros corazones de esperanza por lo que estaba por venir.
Al grito de “isla a la vista”, todos corrimos a cubierta y vimos un pequeño trozo de tierra sobre el cual había un espesa capa de nubes, en medio de la inmensidad del mar. La brisa marina salaba mis lágrimas de emoción.
Conforme el barco se acercaba, los primeros residentes de la isla nos dieron la bienvenida. Unas azuladas aves marinas llamadas boobies o piqueros, volaban casi al ras de nuestras cabezas; mientras que un grupo de delfines nadaba junto a la proa, guiando nuestro barco hacia la costa.
Ya frente a la plácida bahía Chatham, nos colmó una abrumadora belleza: afilados acantilados cubiertos por un verdor tropical. Sobre las copas de los árboles, cientos de aves revoloteaban, en un concierto de graznidos que se confundía con el sonido de las olas rompiendo sobre las rocas. La isla olía a húmedo y sabía salada. De los riscos cayeron un sinfín de cascadas directamente al mar.
El cielo era una mezcla de grisáceas nubes y sol, que nos bañaron la cara con una película de gotas dulces. En la punta de las montañas se dibujó un arcoíris.
Para muchos, la mayor riqueza de la Isla del Coco está en sus profundidades, pues alberga uno de los más importantes ecosistemas marinos del planeta: se encuentra entre los diez mejores sitios de buceo en el mundo.
Solo basta sumergirse en sus aguas turquesa para descubrir un vasto paraíso submarino de tiburones martillo y punta blanca, gigantescas mantarrayas y el coloso tiburón ballena.
Un escalofrío invadió mi cuerpo, conforme descendía escuchando únicamente el suave sonido de mi respiración. Para los más intrépidos, el fondo de la isla encierra todavía más misterios: especies únicas en el mundo y muchas aún por descubrir.
La Isla del Coco es enigmática, prístina e indomable.
Es la isla del tesoro, la isla de los tiburones, la isla de la humanidad, la isla mía… La isla de todos los ticos.
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Hogar de muchos
Tesoro animal y vegetal
La isla fue descubierta en 1526 por el navegante español Johan Cabeças. Se han identificado allí 235 especies de plantas, 400 de insectos, 100 de aves, 50 artrópodos, 600 de moluscos marinos y 250 especies de peces marinos.
Aún recuerdo la primera vez que la vi, tras 40 horas en altamar. Ahí estaba ella, como un espejismo en medio de un desierto azul
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Volcán Arenal
Dragón de arena
Randall Corella V.
rcorella@nacion.com
Hay días en los que el viejo gigante amanece de pocas pulgas. Se despierta gruñendo y esconde la cara bajo una cobija de nubes.
Es cuando no tiene afán de protagonismo a ninguna hora. De nada valen las súplicas para que deje ver, “aunque sea un poquito”, su esbelta silueta cónica.
Hace casi cuatro décadas que anda así de quisquilloso. Se nubla y se despeja como un parpadeo; grita, escupe fuego y hasta le da por tirar piedras.
Pero algo tiene ese gigante para que sus vecinos le perdonen tantos desplantes; de hecho, miles vienen de todas partes del mundo atraídos por él.
Y es que, para los de aquí y los de allá, el espectáculo de ver completo al volcán Arenal no se paga ni con tarjeta de crédito.
Vale la pena esperar horas de horas hasta que la más pequeña nube se aleje lentamente de su cráter más alto, como empujada a punta de soplidos.
El valor del espectáculo aumenta si el coloso no ha cambiado de humor tras el ocaso. Como en los cuentos de hadas, se transforma por las noches en un dragón de arena que tiñe de rojo el oscuro cielo sancarleño.
¡Único! ¡Colosal! ¡Maravilloso! Dicen por ahí que las fiestas de La Fortuna nunca cierran con juego de pólvora. La atracción pirotécnica la patrocina su viejo amigo, el mismo que un día los hizo llorar y ahora los ayuda a crecer.
Pero el 29 de julio de ese año, el viejo gigante despertó de mal humor... A las 7:30 a. m., la tierra retumbó y de lo alto del “cerro” brotaron serpentinas de fuego. Tres cráteres se abrieron en el flanco oeste. Uno de ellos provocó una explosión y emanó una nube ardiente que devastó 12 kilómetros cuadrados.
La muerte rodó por las laderas del volcán . En unas horas, los caseríos de Tabacón, Pueblo Nuevo y El Castillo fueron arrasados, 87 personas fallecieron y otras 6.000 debieron dejar sus casas y buscar otros refugios.
Unos meses después, ese mismo cráter empezó a emitir coladas de lava y se mantuvo activo hasta 1973, cuando la actividad migró al cráter que aún se mantiene activo. Hoy las piedras bajan dando tumbos desde lo alto y dejando un hilo de humo hasta llegar a la base del volcán.
Cientos de rocas caen cada hora hasta detenerse junto a las millones de ellas que se han acumulado en los últimos 39 años.
Por las noches, los hilos se tiñen de rojo y el Arenal sacude su cabellera incandescente.
Esas rabietas nocturnas son el imán para cientos de turistas que permanecen horas con la vista clavada en el mismo punto.
Pero llegar hasta La Fortuna y conformarse con mirar al Arenal desde el balcón de un hotel cuatro estrellas no tiene gracia. Es como pagar la entrada al cine y salirse en los prólogos. Hace falta tentar al dragón e ir a la puerta del castillo encantado.
Por el arenoso sendero del parque nacional, se llega hasta la base del volcán, donde las piedras parecen a punto de caerte en la cabeza.
El volcán no deja de retumbar en todo el trayecto, como tampoco acaba el cantar ensordecedor de las chicharras.
Aún en temporada baja, cientos de personas visitan el parque cada día, mientras otros muchos disfrutan de los atractivos turísticos que rodean al macizo.
Lo que ayer fue tragedia hoy es una mina de oro. La Fortuna se ha convertido en un enjambre de hoteles, restaurantes y balnearios construidos alrededor del viejo dragón de arena que a veces se levanta de pocas pulgas.
Un gigante de fuego
Lava constante
La actividad del cráter C, a una altura de 1.450 metros, se caracteriza por coladas de lava permanentes, explosiones de materiales piroclásticos y la emisión constante de gases. Está activo desde 1973.
Como en los cuentos de hadas, se transforma por las noches en un dragón de arena que tiñe de rojo el oscuro cielo sancarleño
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Juan José Pucci
Cerro Chirripó
Paraje divino
Ángela Ávalos
aavalos@nacion.com
El sol ni siquiera se ha levantado cuando los caminantes ya se enrumban hacia el macizo de sus sueños.
Tras un descanso fugaz, todas las puertas en los albergues que inundan el pequeño poblado de San Gerardo de Rivas, suenan a las 3 a. m. anunciando que llegó la hora de levantarse.
Para quienes viajan por primera vez al Chirripó, la emoción de lo desconocido lo invade todo. Aquellos que regresan a visitar a su viejo amigo, viven la experiencia como si fuera la primera.
A pie o en cajones de carros doble tracción, los caminantes se internan en la oscuridad de la madrugada por un camino de piedra y lastre que los llevará al punto de arranque de su escalada.
En la espesura de la oscuridad, apenas es posible distinguir el rótulo: “El termómetro”. Este es el inicio de una caminata que, en promedio, consumirá seis horas de ascenso, entre bosque nuboso y páramo desolado. No en vano bautizaron a esa primera gran cuesta así. Es un kilómetro y medio de camino ascendente, donde los escaladores empiezan a experimentar la falta de oxígeno y la rudeza de un sendero de piedras y cuestas continuas.
Esa primera prueba les servirá de indicador para el resto del camino pues, en cuestión de pocas horas, se pasará de los 1.400 metros sobre el nivel del mar a 3.400 ó más.
En promedio, se tardan dos horas en llegar a la entrada del Parque Nacional Chirripó, cuyo punto más importante es el macizo, pero que también ofrece al visitante más de 50.000 hectáreas para desplazarse.
El recorrido es fresco, entre bosques repletos de “barbas de viejo”, un musgo que cuelga de los follajes y acompaña al viajero en buena parte del recorrido.
Los primeros bostezos del sol se filtran entre las hojas de altísimos árboles de roble y encino. La sinfonía de colores que se ofrece a la vista es capaz de aliviar cualquier molestia muscular que, a esa altura del viaje, se pudiera llevar consigo.
Como convocado por el pensamiento, a medio camino aparece el refugio de Llano Bonito, convertido ahora en una casona bien hecha y equipada para que los viajeros hagan un breve descanso, tomen agua y froten sus pies adoloridos.
Llano Bonito está a 7 kilómetros del albergue Crestones y a 13 del macizo. Es el reposo para tomar fuerzas, pues lo que viene es la parte más dura de ese primer día de ascenso.
Lo que sigue, la Cuesta del Agua, es signo premonitorio y respiro antes de comenzar a escalar un muy difícil trayecto, pero no por eso menos hermoso: la Cuesta de los Arrepentidos.
La del Agua es una ruta angosta, en la que se topan quienes ascienden y descienden del cerro. En más de una ocasión, el caminante debe dar campo al paso veloz de las yeguas y sus guías, los mismos que cargaron apenas horas antes las mochilas más pesadas hasta el albergue Crestones.
Los pájaros no dejan de silbar en todo el trayecto. Es la única música que acompaña aparte de los aguaceros interminables que rajan el cielo en el invierno.
Quienes tienen la suerte de viajar en verano, serán acompañados por el zumbar de los insectos y por el canto de los pájaros campana y los jilgueros en los primeros metros de ascenso.
Decenas de colibríes de todos tamaños y colores acaban de empujar al viajero hasta el albergue Crestones, donde a muchos los espera un buen plato de comida caliente y el ansiado descanso.
Llegar al Chirripó no solo es alcanzar el punto más alto del país. Es entrar en contacto con una formación natural moldeada a lo largo de millones de años, tras épocas glaciares que dejaron su marca en rocas y lagunas.
Aunque se puede recorrer el Valle de los Conejos, el de los Lagos y el de las Morrenas, visitar Ventisqueros y escalar los riscos en Crestones son, sin duda, de las vivencias más emocionantes.
El frío no importa pues la energía que allí se respira apaga cualquier posibilidad de congelamiento.
Estar a los pies de los Crestones, ver los dos océanos desde la cima o tocar con las manos las frías aguas de las Morrenas, recompensa cualquier fatiga e impulsa al viajero a regresar a una tierra que, con toda certeza, es uno de los parajes preferidos de Dios.
Oda a los sentidos
Un destino increíble
En la parte superior del parque existen seis áreas de gran belleza paisajística e importancia geológica: Sabana de los Leones, Valle de las Morrenas, Cerro Ventisqueros, Cerro Chirripó, Valle de los Lagos y Valle de los Conejos.
Estar a los pies de los Crestones y ver la majestuosidad de dos océanos desde la cima, recompensa cualquier fatiga.
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Juan José Pucci
Río Celeste
Cielo líquido
María Montero
mmontero@nacion.com
Bordeamos la carretera a toda velocidad, mientras amanece. El 4x4 tira en línea recta desde La Fortuna hasta Upala, donde está el camino que nos lleva al Pilón de Bijagua. Nos aguardan 12.819 hectáreas del Parque Nacional Volcán Tenorio: allí está lo que buscamos.
Nuestro destino es Río Celeste, un paraíso que se conquista con los pies. Todos los que han ido aseguran que es un lugar único, donde la naturaleza vive en estado natural. Sin ganas de caminar, no se llega. Este es el objetivo del viaje: recorrer el bosque, paso a paso. Demasiado sencillo. Los pensamientos se adelantan: ¿serán menospreciables ocho kilómetros a través de selva virgen?
La luz comienza a resbalar por las laderas del Arenal, que ruge a nuestras espaldas. Todo va quedando atrás: las casas del pueblo, los perros callejeros, la “civilización”. Mientras tanto, fincas, fincas, fincas...
Un cruce a la izquierda le da un giro al itinerario. Por el camino de lastre aparece una mujer a caballo. Al pasar junto a nosotros, descubrimos su gran barriga de embarazo, acomodada en el bamboleo del animal.
El nuevo trecho nos lleva a los asentamientos de Margarita y Tonjibe, que conforman la reserva de los indígenas malekus, una población de casi 700 personas. La agencia ha incluido esta visita como parte de la gira a Río Celeste.
Mujeres y hombres hacen labores en el umbral de las puertas. Hilan bolsos o tallan jícaras. Algunos niños se asoman al vernos, otros nos enseñan un estanque de aguas verdosas donde sobreviven pececillos, muñecas decapitadas y unas cuantas tortugas. Estas últimas, muy oscuras y ovaladas, se crían para comer.
Merodeamos entre los patios enfangados y los árboles de aguacate. La pobreza se disfraza de cultura. Nuestra visita no causa agitación en el caserío. A estas horas, los hombres están trabajando, la mayoría como peones de las fincas. Nos devolvemos por donde veníamos.
Desayunamos en una esquina del centro de Guatuso, un poblado de muchos kilómetros y pocas cuadras. Todavía es temprano. Nos queda el resto del día para llegar al parque.
Pies temerarios
Nuestro primer destino son las fumarolas, exhalaciones gaseosas que calientan el agua y brotan de la tierra en un recodo del río. Nos espera el teñidero o naciente, donde se funden dos caudales para dar vida a Río Celeste.
Cruzamos la mitad de los charcos de la zona norte, la mitad de sus trillos, la mitad de sus riachuelos y la mitad de sus piedras.
Durante más de una hora, nuestras botas se sumergen sin querer en los lodazales llenos de raíces. Al principio evitamos la suciedad, como ágiles señoritas de domingo, pero luego subimos y bajamos con las uñas.
Llegamos a la orilla más azul del mundo. Con sus aguas llenas de minerales, Río Celeste es una franja de cielo líquido en medio de la tierra.
Descansamos y hurgamos en su arcilla celeste, que nos embarramos en la cara sin moderación. Más lejos está la poza de aguas termales, donde nos espera un baño de burbujas calientes.
Un aguacero descomunal nos obliga a pegar carrera, pero dejamos de correr y comenzamos a reírnos porque de todos modos estamos empapados, jugosos en nuestro propio caldo de azufre. Además, no hay forma de esquivar los goterones que revientan sobre nosotros.
Como el agua del río, la tarde se mezcla con el barro que baja a chorros de la montaña y dibuja las arterias del terreno. Ya no llueve, pero todo está inundado, hasta nosotros. El cielo es un espejo grande y frío. La tierra que pisamos es una maraña insolente de raíces y hojas podridas.
Pasan una hora y otra hora. Llueve más. Corremos gritando y descansamos en silencio. Al fin chocamos con la catarata del río, suntuosa pero encubierta.
Sus destellos turquesa la delatan, y también nos hipnotizan. Las aguas caen con tal fuerza que, por momentos, tornan su color por uno blanquecino y cristaloso, como un derrame demencial de azúcar.
El paisaje es, una vez más, arrollador.
Vamos de regreso; el bosque, no. Él no duerme ni descansa: está más vivo que nosotros.
Un pedazo de cielo
En las faldas del Tenorio
Cuenta la leyenda que el Río Celeste debe su color a que Dios, después de pintar los cielos, limpió sus pinceles en esas aguas. En realidad, el tono turquesa se origina por la reacción química entre minerales del macizo volcánico y el agua del río.
Llegamos a la orilla más azul del mundo. Con sus aguas llenas de minerales, este río es una franja de cielo líquido en medio de la tierra.
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Juan José Pucci
El milagro de las aguas
Juan F. Cordero
proa@nacion.com
Tortuguero es un banquete sensorial a cuatro platos cuyo aperitivo es servido tan pronto como el viajero se deja abrazar por la imponencia del Parque Nacional Braulio Carrillo, en la carretera al puerto de Limón.
Ahí, con sus verdes, rocíos y súbitas nieblas, el bosque lluvioso empieza a desperezar al paseante mañanero que, acurrucado contra la ventana del vehículo, marcha al llamado de las aguas.
Bosque hermético, bosque voluble, bosque mágico, el Braulio Carrillo ha permitido una vez más, sin mayores rencores, el paso a través de la zigzagueante herida abierta en sus entrañas, hasta que la vía se precipita hacia las llanuras del Caribe costarricense y los primeros sopores anuncian el cambio de clima.
El plato de entrada está previsto para Caño Blanco, el atracadero a orillas del río Reventazón al que se llega a través de fincas bananeras, pequeños caseríos y extensos potreros de ganado.
Ahí converge un multicolor encuentro de idiomas y atavíos entre excursionistas que llegan y van, en lanchas largas y angostas como canoas, y ahí empieza a ser inevitable la sensación de que todos somos líquido en esencia y a él volvemos siempre en ese ignoto llamado de la naturaleza.
Pronto, las embarcaciones se distancian entre sí y dibujan sus propios senderos en el cauce, que va conectando afluentes menores y entretejiendo un mapa de canales que se desborda en una vegetación tan pródiga como cautivante.
La siguiente frontera la marca el río Parismina, en un ejemplo perfecto de integración; y las lanchas se enfilan entonces hacia la laguna de Jalova, Caño Negro y, finalmente, la laguna Tortuguero, el plato principal.
Aquí el cauce se ensancha con majestuosidad y ha quedado atrás todo vestigio de vida terrestre.
Las riberas de la laguna son inmensas murallas de árboles, y los únicos seres humanos visibles son navegantes de cámaras fotográficas y lentes binoculares, que se cruzan en espontáneos saludos de hasta 12 y 14 pares de manos.
La laguna es ahora un gran manto azulado que las lanchas atraviesan con la brisa en el rostro, llenando de colores los ojos de sus ocupantes.
Agua, agua bendita que rezuma vida y libertad y alberga miles de secretos.
Sobre un tronco semisumergido, tres pequeñas tortugas asolean la ventura de sus años mientras en una rama cercana, una anhinga –ave de pico puntiagudo que nada con el cuerpo bajo la superficie del agua– despliega las alas como un teclado de piano para secar sus plumas.
En la ribera, dos gallitos de agua hurgan entre los lirios en busca de alimento.
Con el poblado a la vista, la laguna se bifurca en nuevas avenidas acuáticas que los visitantes recorrerán posteriormente, en travesías menores, a la caza visual del caimán, la nutria o la garza tigre.
Finalmente, el cauce se prolonga hasta Barra del Colorado, en un nuevo tejido de corrientes, o muere y renace a diario en su encuentro inevitable con el mar, en la propia Barra de Tortuguero, hasta donde se acerca el cocodrilo sigilosamente.
El cierre del banquete es quien le da nombre a este maravilloso rincón natural: la tortuga carey, la tortuga baula, la tortuga cabezona, que cada julio, agosto y setiembre, repiten el milenario ritual de la anidación en playas caribeñas.
Ante ellas se rinden garzones y perezosos, monos aulladores y murciélagos narigudos, ranas rojas y serpientes terciopelo.
Silenciosas y tímidas arriban con su carga de savia nocturna y vuelven al abrigo seguro del océano, para regresar puntualmente a Tortuguero un año después... De la misma manera en que retorna el visitante que alcanza esa comunión con las aguas.
Pequeño Amazonas
Bosque húmedo
Se le conoce como el pequeño Amazonas debido a la gran cantidad de bosque tropical húmedo que está protegido. Ahí se pueden encontrar 400 especies de árboles y más de 2.000 especies de otras plantas.
Magníficos e irrepetibles, los canales de Tortuguero conducen al visitante a un mundo líquido que es un encuentro consigo mismo
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Federico Chavarría
Volcán Poás
Ese ombligo gris
Álvaro Murillo M.
alvaromurillo@nacion.com
Un súbito dolor de rodilla en la cuesta de Tablones puso la expedición en peligro. Estábamos apenas en el primero de los 28 kilómetros entre Poás y el volcán, que no iba a querer bajarse de aquella montaña, entonces más verde y grande que en estos tiempos de ingredientes artificiales.
Éramos cuatro niños de un barrio poaseño que queríamos llegar en bicicleta al volcán. Así de sencillo, al “volcán”, como quien habla de la terraza. De una manera tan natural, nosotros sentíamos que teníamos un volcán como un guanacasteco cree que las playas son suyas, o un cartaginés piensa que es protegido de La Negrita.
Haberse detenido en San Juan de Poás había sido una lástima. No habríamos puesto a prueba nuestras bicicletas BMX de manivela casera, ni nos hubiéramos congelado los dedos al intentar aplicar frenos inútiles que nosotros mismos habíamos instalado por la mañana, en un arrebato de temeridad que pudo haber quedado impreso en la portada de Diario Extra . Pero nada pasó.
De no ser por un camioncito que nos hizo un empujón hasta Sabana Redonda (estoy rompiendo un secreto de amigos), habríamos completado el recorrido nosotros solos, junto con nuestras inseparables bicicletas a las que, para suavizar el pedaleo, quitamos los plásticos que reproducían el sonido de una moto al rozar con las llantas.
Sería bonito decir ahora que preferíamos saborear el silencio templado de la altura, pero eso solo es creíble a estas edades.
Para nosotros, Sabana Redonda era ya el volcán. El cráter era solo el ombligo de un gran vientre verde donde ya nos sentíamos llegados, porque veíamos montaña y lecherías, nos tentaban las fresas y suspirábamos el olor adorable y terapéutico de la boñiga, solo matizado por el hedor del azufre que nos provocaba las bromas típicas de los chiquillos de 10 u 11 años.
El chubasco era chubasco y no un restaurante esquinero; los tendidos negros sobre los cultivos de flores eran solo feos, y no probadamente dañinos; las urbanizaciones eran impensables.
La foto del cráter medio nublado, la valla de troncos gruesos y algunos turistas abrigados, ya era famosa en el mundo sin necesidad de Internet.
El volcán, nuestro volcán, lo dábamos por alcanzado en Fraijanes, aunque nos faltara el tramo ondulante de Poasito hasta la boletería donde comenzaba oficialmente el Parque Nacional, un punto que nosotros, como lugareños desafiantes, teníamos el deber de evitar.
Dudo, sin embargo, que alguien con corazón le hubiera cobrado a unos niños-ciclistas empapados, friolentos, desplatados y, encima, conocidos.
Y entonces sí, llegamos al ombligo, ese gran hoyo humeante que los gringos fotografiaban como poseídos por la idea de estar frente a uno de los cráteres más grandes del mundo (o el más grande, como siempre dijimos).
Y que el tipo de piedras, y que los géisers, y que la laguna Botos antes fue otro respiradero, y un conejo silvestre y un colibrí. La niebla, como siempre lo ha hecho, se expandía o se disipaba como programada por el más grande capricho y solo dejaba apre-ciar el cráter completo a quien le daba la soberbia gana.
¿Es una maravilla el volcán Poás? Depende. Maravilloso es lanzarse con bicicletas destartaladas por el gran tobogán de pavimento, con los dedos y los cachetes entumidos, apropiándose de la carretera como nos apropiamos del volcán.
Recuerdo que, en el fondo, teníamos la fantasía de que la lluvia ácida, tan temida en los noticiarios, terminara de herrum-brar los aros de las bicis.
Para nosotros, lo maravilloso era todo lo que ocurría alrededor del volcán. Paro otros, quizá la maravilla era tener pretexto para asar salchichón en la montaña.
Para los geólogos, no lo dudo, tiene el valor prodigioso de una entrada al centro de la Tierra con la cual Verne se habría traído de Islandia a Otto Liddenbrock para que escuchara en la Cordillera Volcánica Central al Poás retumbando y jugando de peligroso.
¿Maravilloso para el país? Sin duda. Es en este lugar, 2.708 metros más arriba del mar, donde tiene sentido la coincidencia cromática entre la clorofila, el azufre y los dólares.
El administrador de unas cabañas decía que lo bueno es que el volcán es una de las pocas excentricidades de la naturaleza inmunes a la explotación humana.
Es mentira. El volcán comienza mucho antes y termina mucho después del gran hoyo gris.
Dos cráteres
Y una laguna caliente
En la cúspide del volcán existen dos cráteres. El principal de ellos mide 1,5 kilómetros de diámetro y 300 metros de profundidad. En su fondo se halla una laguna circular caliente, de unos 350 metros de diámetro.
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aportan este ramillete de bellezas costarricenses pero sin duda todo nuestro país posee suficientes maravillas naturales para estar representado en esta clasificación. 


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