La vuelta al mundo de un arquitecto en
30 fotografías
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Todo listo en la góndola del globo Victoria II. 60 bombonas de propano. 5 metros cuadrados de panel solar. 120 litros de agua, 15 kilos de provisiones y gadgets… muchos gadgets para navegar, inmortalizar y atacar los kilos de soledad que inflarán el lastre del Victoria. A punto de emprender un viaje alrededor del mundo sin escalas en busca de respuestas. La aventura no está tras un récord ya imposible, la idea es fotografiar 30 de las más variadas ciudades para estudiar y comprender el tejido urbano que domina el planeta del siglo XXI. Este es el cuaderno de bitácora del sueño imposible de Le Corbusier y Verne.
Dia 1
Salida tranquila desde Barcelona. España. Aprovecho los rescoldos de la Tramuntana para encarar el Golfo de León y cambiar costa Brava por Azul. La primera imagen de mi proyecto es de la capital catalana. El sueño de Gaudí en manos de las trazas urbanas del Plan Cerdá. Esquinas achaflanadas, alturas limitadas y homogéneas, grandes e infinitas avenidas con bulevares rectilíneos atravesadas por cuchilladas diagonales. La ciudad, colmatada, parece que funciona o, al menos, no es un caos.
Barcelona desde el aire.
Llegamos a Mónaco justo cuando nos abandona el rayo verde a nuestras espaldas. Mónaco es el paradigma del urbanismo saturado. 2 kilómetros cuadrados de yates con tejados de oro para el país con mayor densidad de población del planeta. No hay tejido urbano sino adaptación topográfica de villas de lujo. Una cascada de favelas a 25.000€ el metro cuadrado.
Principado de Mónaco. Fuente
Dia 2.
Tras una noche acariciando la cuerda de los Alpes, desayuno a 3.000 pies sobre la ciudad de los canales. Abro escotilla, huele a Quattrocento. Podría haber viajado en el tiempo, podría ser la reencarnación de Marco Polo. Venecia es un caramelo, un mosquito vivo atrapado en ámbar en la historia del urbanismo. Un teatro para turistas, un infierno para residentes, una inspiración para artistas, una lucha continua contra el agua. A Venecia la mataría antes la sequía que una ‘acqua alta’. Sin su presencia sus cimientos de madera pudrirían y colapsarían en pocas semanas. He gastado ya cuatro bombonas.
Venecia. fotos desde el aire.
La calima se tiñe de anaranjado con el anuncio del ocaso. Después de atravesar los Alpes por el Finsteraarhorn llego al Cantón de Berna dispuesto a contemplar la maravillosa villa arropada por el meandro del Aar. El alma de esta ciudad se erigió como bastión del espacio prealpino en el medievo, pero ha sido decorada con lo mejor de los siglos venideros y restaurada con mucho respeto en el XVIII. Ningún ejemplo más orgánico del trazado de sus calles, acariciando las líneas naturales que propone el río. Organicismo urbano. Antes de volver a ascender abro la escotilla. Huele a oso dentro y fuera de la góndola.
La ciudad suiza de Berna.
Unas horas más empujado por la corriente alpina, me desplazo hasta la Ciudad de la Luz. Probablemente, junto con Berlín, el espejo donde más se han mirado los grandes urbanistas europeos. París es ‘soñado’ por Haussmann a la medida de Napoleón III. Las anchas calles y ‘boulevares’ diseñados para evitar las barricadas que otrora levantaban los rebeldes en las antiguas y angostas ‘rues’. Los grandes ejes que trazan radialmente la ciudad como línea de perspectiva de enormes hitos o monumentos; las hermosas plazas circulares y, sobre todo, la modernidad en las instalaciones que desde sus entrañas hacían posible el funcionamiento de este megalómano proyecto. El 60% de los edificios medievales fueron vestidos de la uniformidad de las reformas. Un cambio brutal nunca antes visto y que sigue haciendo historia.
París a la altura de la torre Maine-Montparnasse.
Día 3
Amanece despejado. Aprovechando la estabilidad atmosférica hoy no bajaré de los 20.000 pies para pillar las corrientes del Norte. Gastaré, seguro, un par de cilindros de propano. Ayudaré con el motor de hélice solar para fijar rumbo cuando el viento no supere los 8 nudos. Cierro escotilla. Destino: Cualquier lugar de los Países Nórdicos.
Llego con la noche ya muy cerrada —todo lo cerrada que deja el estar a pocos kilómetros del círculo polar ártico en el solsticio de verano—. Suelto aire para descender pasado Estocolmo, a la altura del Golfo de Botnia y me encuentro con esto:
Sundsvall. Suecia.
Cambio el delirio de grandeza parisino por el ‘New empirism’ nórdico de Sundsvall. El urbanismo de los países del norte de europa es de raíz vernácula. Mezcla de lo rural y lo urbano con materiales absolutamente autóctonos… y se nota. Ciudades orgánicas sin salirse de la escala asumible y salpicadas por el genio de las obras de Asplund, Saarinen y el gran Alvar Aalto. La calidez de sus maderas se intuye siempre bajo el manto nevado incluso desde esta altura. Apetece posar el Victoria II para dejarse llevar por el ocio de aire vikingo pero quedan 24 largas etapas. Siguiente parada: la gélida Siberia.
“La auténtica esencia de la arquitectura consiste en una reminiscencia variada y en desarrollo, de la vida orgánica natural. Este es el único verdadero en arquitectura.” Alvar Aalto
----------------------- > Continúa.



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